Aquel hombre salió, como todas las mañanas, hacia su interminable rutina. Esa maldita rutina
diaria, que aniquilaba todos sus deseos de felicidad, que en realidad, hacia un tiempo
ya no existían, ya no eran reales. Entrecerró sus ojos por la llovizna que molestaba
y mojaba en exceso. Pero eso no le afectaba, amaba la lluvia, al igual que ella. Los días lluviosos
y grises, extrañamente, eran los más alegres y bellos para él. Pero no ese, ese llevaba consigo
una carga enorme de tristeza, de melancolía y de angustia, pocas veces antes sentida.
Era un día especial, a la vez trágico. Llovía, como otros días, pero no era la misma lluvia.
Era diferente, era agónica, trasladaba con ella un profundo sentimiento de amargura. Cargado de recuerdos,
aquel llanto del cielo, despertó al hermano que habitaba los ojos de aquel hombre.
El viaje se le hizo insoportable, en ese momento, odiaba a su memoria detallista, que le gritaba en la cara,
todos aquellos momentos felices, aquellos momentos hermosos, que el sabía que nunca iban a volver. Él sabía que
nada iba a volver a ser como antes. Faltaba lo más importante para el, le faltaba lo escencial, le faltaba lo
básico. Cada mirada que le daba a la ventanilla era un burdo y tosco intento de escape de aquella situación.
Se sentía simplemente estúpido, por querer ahogar ese sentimiento tan lleno, pero que a la vez dejaba un enorme
vacio en el, en las pequeñas gotas que se suicidaban contra el vidrio. Quería arrancarse el corazón, y tirarlo
en la primer esquina que cruzara, no lo aguantaba más, su pecho ya no podía contenerlo, quería salir, quería ser libre.
Pero, tanto él, como su corazón, sabían que eso era imposible. No iban a poder ser nuevamente libres jamás. Estaban
encerrados, enjaulados, en esa prisión de recuerdos, de ayeres cercanos y lejanos. Esa prisión incorrompible,
que una vez que se entra, de ella no se puede salir. Los días pasados lo abrazaban, y lo afixiaban, no lo dejaban ser,
no lo dejaban respirar, no lo dejaban vivir.
No sabía como convivir con su nuevo ser, estaba acostumbrado a otra vida, a otra realidad. Mucho mas fácil y feliz que
esta. Odiaba profundamente su presente, pero no más que a su bello pasado, que no era más que eso, un intangible pasado.
Que ya no iba a poder volver a tocar, a sentir, a saborear. Aquellos dulces días, no iban a volver, solo la amargura
inundaba su ser.
El día, se volvió interminable. Las Agujas de ese puto reloj, estaban inmóviles, como burlonas y distraídas del tiempo, de
su tiempo. Quería que acabara ya, en realidad, lo que el deseaba era que no solo su día terminara en ese instante. No quería
más días, anhelaba que todo se terminara allí. Todo carecía de sentido, todo era tan soso, tan vacío, tan plástico, tan superficial.
Era lógico, quien logra conocer y tener frente a frente a la felicidad, el día que la pierde, no vuelve a vivir, queda vagando
en el limbo de la vida y la muerte.
Llegó a su hogar de noche, o a su cementerio, no tienen demasiada diferencia uno y otro en este caso. Habitaba este mundo, pero no pertenecía más a el.
Se recostó en su tumba, cerró la tapa del cajón, y se durmió sabiendo que, sin ella, no había días felices, que sin ella, simplemente, no había vida, y que él, murió, aquel día, junto a su mujer.


