miércoles, 2 de septiembre de 2009


Aquel hombre salió, como todas las mañanas, hacia su interminable rutina. Esa maldita rutina
diaria, que aniquilaba todos sus deseos de felicidad, que en realidad, hacia un tiempo
ya no existían, ya no eran reales. Entrecerró sus ojos por la llovizna que molestaba
y mojaba en exceso. Pero eso no le afectaba, amaba la lluvia, al igual que ella. Los días lluviosos
y grises, extrañamente, eran los más alegres y bellos para él. Pero no ese, ese llevaba consigo
una carga enorme de tristeza, de melancolía y de angustia, pocas veces antes sentida.
Era un día especial, a la vez trágico. Llovía, como otros días, pero no era la misma lluvia.
Era diferente, era agónica, trasladaba con ella un profundo sentimiento de amargura. Cargado de recuerdos,
aquel llanto del cielo, despertó al hermano que habitaba los ojos de aquel hombre.
El viaje se le hizo insoportable, en ese momento, odiaba a su memoria detallista, que le gritaba en la cara,
todos aquellos momentos felices, aquellos momentos hermosos, que el sabía que nunca iban a volver. Él sabía que
nada iba a volver a ser como antes. Faltaba lo más importante para el, le faltaba lo escencial, le faltaba lo
básico. Cada mirada que le daba a la ventanilla era un burdo y tosco intento de escape de aquella situación.
Se sentía simplemente estúpido, por querer ahogar ese sentimiento tan lleno, pero que a la vez dejaba un enorme
vacio en el, en las pequeñas gotas que se suicidaban contra el vidrio. Quería arrancarse el corazón, y tirarlo
en la primer esquina que cruzara, no lo aguantaba más, su pecho ya no podía contenerlo, quería salir, quería ser libre.
Pero, tanto él, como su corazón, sabían que eso era imposible. No iban a poder ser nuevamente libres jamás. Estaban
encerrados, enjaulados, en esa prisión de recuerdos, de ayeres cercanos y lejanos. Esa prisión incorrompible,
que una vez que se entra, de ella no se puede salir. Los días pasados lo abrazaban, y lo afixiaban, no lo dejaban ser,
no lo dejaban respirar, no lo dejaban vivir.
No sabía como convivir con su nuevo ser, estaba acostumbrado a otra vida, a otra realidad. Mucho mas fácil y feliz que
esta. Odiaba profundamente su presente, pero no más que a su bello pasado, que no era más que eso, un intangible pasado.
Que ya no iba a poder volver a tocar, a sentir, a saborear. Aquellos dulces días, no iban a volver, solo la amargura
inundaba su ser.
El día, se volvió interminable. Las Agujas de ese puto reloj, estaban inmóviles, como burlonas y distraídas del tiempo, de
su tiempo. Quería que acabara ya, en realidad, lo que el deseaba era que no solo su día terminara en ese instante. No quería
más días, anhelaba que todo se terminara allí. Todo carecía de sentido, todo era tan soso, tan vacío, tan plástico, tan superficial.
Era lógico, quien logra conocer y tener frente a frente a la felicidad, el día que la pierde, no vuelve a vivir, queda vagando
en el limbo de la vida y la muerte.
Llegó a su hogar de noche, o a su cementerio, no tienen demasiada diferencia uno y otro en este caso. Habitaba este mundo, pero no pertenecía más a el.
Se recostó en su tumba, cerró la tapa del cajón, y se durmió sabiendo que, sin ella, no había días felices, que sin ella, simplemente, no había vida, y que él, murió, aquel día, junto a su mujer.

martes, 1 de septiembre de 2009

Delirios De Amor

No me entendieron, no me entienden y no me entenderán.
Quizás esas palabras, encierren todo, y a la vez, no signifiquen nada. Todo depende de quien
las lea, de quien intenten entenderlas, de quien intente bucear un poco mas allá en ellas,
y llegar al verdadero mensaje que intentan llevar.
Pueden parecer, simples, obvias, vacías, cotidianas. Un pensamiento que cualquier persona,
podría tener cualquier día de su vida. Esos momentos donde uno se siente solo, sin nadie
alrededor, sin nadie que lo comprenda, sin nadie que lo entienda, sin nadie que lo quiera,
sin nadie que se de cuenta si uno esta allí.
Dejan de ser tan vacías, cuando se transforman en la rutina diaria de alguien, cuando
todos los días, todas las mañanas y noches, se levanta y se acuesta pensando y sabiendo
siempre lo mismo, nadie me entendió, nadie me entiende, y nadie me entenderá.
Sabiendo eso, no es tan difícil, desparecer del mundo durante un tiempo, no importa el que sea,
un día, un mes, un minuto, un año, una vida entera. Lo único que importa, es desaparecer, sentirse
comprendido por un momento, solo, sabiendose diferente, sabiendo que el único que puede entenderse,
es uno mismo.
Pero,¿ que pasaría si un día cambia todo eso ?, Si derrepente uno mira a su lado, y ya no
ve soledad, ya no ve incomprensión, ya no ve dedos que señalen y regañen. Y en cambio, uno vea
amor, entendimiento, dos brazos que te envuelven y te protegen de todo.
Cuando eso pasa, todo se ve de un color diferente. El escaparse y desaparecer, ya no se ve
como algo turbio, oscuro, trágico, y solitario. El desaparecer acompañado, es algo loco, nuevo,
diferente, y sobretodo, mágico. El no sentirse solo, por primera vez en la vida, es sin dudas,
mágico. Y no todos nacen pudiendo entender esa magia. Muy pocos son los que la pueden experimentar,
muy pocos son los que se saben solos, y luego, una mañana, se despiertan sabiendose acorralado de cariño,
de amor. Uno se despierta sintiéndose como nunca se sintió en toda su vida, se despierta y se levanta
sintiéndose querido. ¿ Que puede haber en esta vida que sea mas mágico y hermoso, que sentirse querido ?.
Creo que nada. Nada se compara a eso. Es Sencillamente bello. Es ver todo lo anhelado y deseado durante una vida,
cumplido, realizado.
¿ Qué más se puede nesecitar aparte de eso ? simplemente nada. Pero, ¿ asusta ?, claro que asusta, y COMO! asusta.
Las personas nacen para ser dependientes de otros, sentimentalmente más que nada. Pero no todos llegamos al mundo,
como "personas". Algunos llegamos extraños, raros, fríos, distantes, solitarios, llegamos, diferentes. Nada ni nadie
se vuelve impresindible, nada ni nadie es extremadamente necesario, y se siente bien. Al principio puede doler, molestar.
Perdo después, se vuelve gratificante, el saber, que uno no depende de nadie, que es diferente, que no es como el resto.
Hasta, por momentos, uno agradece el sentirse solo e imcomprendido. Pero, al fin y al cabo, uno no termina siendo tan
diferente, tan frío, tan distante y solitario. Cuando dos almas imcomprendidas se unen, se encuentran, se entrelazan,
se aman, se besan, se rozan, ya nada, las separa. Porque dejan de ser dos, para ser uno, son lo mismo, y siempre lo serán.
Convergen en un solo cuerpo, un solo alma. Vuelven a saberse solos, y que nadie los entendiende, porque el otro, dejo de ser otro,
y pasó a ser uno mismo. Pero, ¿importa eso?, no, no importa en lo absoluto.
Por primera vez, se puede sentir una sensación de lleno, de satisfacción entera, de felicidad. Y no importa más nada que la felicidad.
Después de todo, es lo que todos buscan y quieren alcanzar. Pero dudo que "todos" puedan experimentarla como la vive una persona anteriormente
describida, como lo vive, una persona como yo.
Al Final de cuentas, Se llega a lo mismo, y se vuelve a la misma reflexión. " no me entendieron, no me entienden, y no me entenderán "